Editorial: Ejercicio físico y deporte: la perspectiva

Ejercicio físico y deporte: la perspectiva 

Es ya un lugar común en todos los estudios sobre el estado físico de las personas adultas con síndrome de Down la prevalencia de la obesidad y el sobrepeso. Basta con asomarse a las redes sociales para constatar la gran mayoría de individuos obesos que posan, sonrientes y alegres, eso sí; pero desfigurados por una obesidad que ya empieza a perfilarse en la adolescencia. El problema no es actual, viene de lejos. Lo que preocupa es que, siendo tan evidente y siendo tantas las recomendaciones para atajarlo, no se aprecia cambio alguno sustancial.

El tronco del problema es uno: la falta de formación. Y sus ramas son dos: el exceso de alimentación y la escasez de actividad física. Es decir, formar en hábitos; lo que implica en primer lugar a los formadores como responsables de incorporar esos hábitos; y en segundo lugar a los protagonistas como ejecutores y responsables de proteger su propia salud.

Haber conseguido que la edad adulta se prolongue durante muchos años obliga a tomarse aún más en serio esta cuestión por dos motivos: porque el sobrepeso y la obesidad incrementan el número de comorbilidades propias de esa etapa, y porque la realización de la actividad física y el estar en forma no sólo acrecienta el bienestar físico y mental sino que reduce la pasividad e indolencia que dañan la salud mental del individuo. Son numerosos los estudios objetivos realizados en muy distintos países que avalan estas afirmaciones.

Una vez más: la vida adulta se forja en la niñez y la adolescencia. Crear un hábito ―eso que ahora llaman "cultura"― significa que desde pequeños han aprendido y se han habituado a practicar un deporte, a realizar ejercicios físicos programados, en donde se combinen una serie de cualidades y objetivos: interés personal, diversión, comunicación, adaptación a sus cualidades físicas personales, estímulo y ganas de superarse.

Los fisioterapeutas deben centrarse más en articular e identificar esos factores que facilitan la participación social e impiden el desarrollo de actitudes y posturas que perjudican el bienestar en la vida adulta: con propuestas de actividad física positivas y atractivas, estimulantes, adaptadas a las circunstancias y aptitudes personales y sociales de los usuarios, con actividades unipersonales y colectivas que puedan ser ejecutadas pese al paso de los años.

Con la edad, el cansancio y la rutina van agostando el interés y favoreciendo el sedentarismo. La menor resistencia física y el envejecimiento precoz en el síndrome de Down son unas realidades que no podemos desatender; por eso es tan importante la creación de hábitos desde edades más tempranas que se incrusten en los programas habituales de la vida diaria.

Junto a ello, es preciso aportar una educación en higiene alimenticia que tenga capacidad para satisfacer el apetito y, al mismo tiempo, sea capaz de convencer sobre la necesidad de controlar el peso. Ejercicio y alimentación: dos objetivos tanto más necesarios de conseguir cuanto más autonomía e independencia se reclaman.

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