Editorial. Octubre 2021
¿Cuál es nuestra falsilla?
La Real Academia de la Lengua define la falsilla como "hoja de papel con líneas muy señaladas, que se pone debajo de otro en que se ha de escribir, para que aquellas se transparenten y sirvan de guía". En definitiva, para que escribamos sin que nuestros renglones se desvíen hacia arriba o hacia abajo.
La pregunta surge de inmediato. ¿Cuál es nuestra falsilla cuando, sin esperarlo, aparece en nuestra vida una persona que, inerme, extiende sus manos hacia nosotros para que la criemos/eduquemos/acompañemos/atendamos/cuidemos...? ¿Qué principio o guía va a dirigir la escritura para que nuestros renglones no se tuerzan, por larga que sea la travesía que hayamos de recorrer?
Amar y servir. No cabe otra. Desde la trascendencia o desde la inmanencia: cada uno sabrá cuál sea y dónde reside el origen profundo de sus convicciones y de sus decisiones.
La verdadera grandeza de nuestra vida, la que de verdad nos colma, consiste en servir. Nos lo afirma esa parte íntima e intangible de nuestro ser que entendemos como nuestro espíritu, cualquiera que sea el sentido que demos a este término. Pero la altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor. La carencia o la limitación observada en el otro nos puede suscitar rechazo o compasión: nadie es ángel.
¿Cuál es entonces la falsilla que utilizamos? El amor es el criterio para tomar una decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. El amor al otro, por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Pero hay periferias que están justo a nuestro lado, los llamados 'exiliados ocultos', y hemos de reconocer que muchas personas con discapacidad sienten que existen sin pertenecer y sin participar, como si carecieran de ciudadanía. Somos nosotros los que las tenemos y sentimos particularmente cerca, pegaditas. Y ahí radica nuestra riqueza.
¿Cómo hacer palpable ese amor? Tres sencillas recomendaciones: 1. Respetar a la persona tal como es. 2. Comprenderla. 3. Ayudarle a que siga creciendo, porque todo ser humano es capaz de crecer y nosotros contribuimos al crecimiento de su bondad y su belleza.
Por eso nuestra actitud y nuestra actividad real ―ese conjunto de acciones inteligentes y llenas de comprensión que siguen los renglones de nuestra falsilla― son clave de transformación en nuestro mundo. Es la demostración de que el bien hacer supera al mal; que ese espíritu que llevamos dentro posee fuerza, no sólo para dar aliento y acogida a quienes más los necesitan sino para iluminar y calentar nuestro entorno y mostrarle el camino que nos lleva a una humanidad cargada de dignidad. En unión con otros que persiguen esos mismos objetivos, porque para que nuestra luz brille no hace falta apagar las luces que nos rodean.
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